Nuevos Abogados, Viejos Juzgados

Nuevos Abogados, Viejos Juzgados

Somos un despacho de abogados 100% online, así que, evidentemente, el tema tecnológico nos ocupa bastante tiempo. Queremos siempre estar a la última en vías de comunicación digitales con nuestros clientes que faciliten la inmediatez de la respuesta, en sistemas de gestión de la información que nos permitan acceder a un dato o a un documento en pocos minutos, o en cualquier cosa que permita reducir el ingente volumen de papel que genera hasta el más simple de los asuntos judiciales.

Ojo. No hacemos esto porque seamos unos freakys de las tablets o los teléfonos móviles, ni porque nos apasione llenar YouTube de videos. Si fuese así nos dedicaríamos a diseñar webs y no a la abogacía. Lo hacemos porque creemos que es lo que nuestros clientes nos piden y necesitan, y porque estamos convencidos de que una relación cercana y rápida con tu abogado es clave para generar la confianza y la tranquilidad que necesita quien se enfrenta a un problema con la Ley.

Lo malo es que todo nuestro esfuerzo se ve frustrado muchas veces porque el resultado de nuestro trabajo depende por entero de la Administración de Justicia, y aunque ha hecho notables progresos en la última década, lo cierto es que hoy por hoy la inmediatez de la respuesta, la accesibilidad de la información o la reducción de papel les importan poco más que un comino.

Voy a contaros un caso práctico muy revelador que me sucedió hace pocos días y que es un buen ejemplo de lo difíciles que son en un Juzgado cosas que en nuestro despacho son enormemente simples.

Resulta que tuve que acudir a una vista en un asunto civil, y aparentemente, en la demanda que yo había presentado faltaban varios documentos, tanto en la copia del Juzgado como en la de la parte contraria. Probablemente, en algún punto del proceso, alguna fotocopiadora con el alimentador averiado cogió varias hojas de una vez y solo copió la primera. Siempre el maldito papel.

El abogado de la parte contraria, (que entre nosotros tiene el caso perdido), decidió recurrir a un truco de leguleyo rastrero a ver si colaba. En lugar de informar al Juzgado de que faltaban esos documentos y pedir que se le entregasen, que es lo que haría cualquier abogado decente, decidió callarse hasta la misma vista y allí denunciar que la documentación estaba incompleta y debía tenerse por no presentada sin posibilidad de subsanación.

Yo en contra argumenté que no sabía que faltasen esos documentos, pues en el original si estaban, y que en todo caso uno de los objetos de aquella vista era precisamente resolver cualquier defecto procesal. Podía subsanarse por tanto.

Entre airadas protestas de mi desleal compañero, la juez me dio la razón, pero matizando que la subsanación solo podía hacerse allí mismo y en ese momento. Eso nos llevaba a la pregunta de la muerte: ¿Tenía yo los documentos que faltaban allí mismo?

No. La verdad es que no los tenía. Odio el papel y no me gusta ir al Juzgado cargado con trescientos o cuatrocientos folios que, además, se supone que ya están allí. La verdad es que nunca me había ocurrido algo así y no venía expresamente preparado para ello.

A pesar de eso, contesté que SÍ. Que los tenía. En copia digital pero los tenía. Solo hacía falta imprimirlos (otra vez el condenado papel). En cinco minutos podía estar resuelto. Esa solución le pareció aceptable a la juez, que acordó un breve receso a pesar de que mi compañero se iba poniendo rojo de ira. Estuve a punto de recomendarle que aprovechase el tiempo para tomarse una tila, pero no quise tentar a la suerte.

Bien. Tecnologías de la información al rescate. Gracias a una App muy útil, yo puedo acceder desde mi teléfono móvil a la base de datos del despacho. Ahí está todo, ordenado, clasificado y fácil de encontrar. Literalmente llevo el despacho entero en el bolsillo, aunque en realidad lo que tengo es un enlace a una base de datos alojada en un servidor en la nube. La verdad es que no sé muy bien donde está. Wisconsin, o algún sitio por el estilo.

Lo que no llevo en el bolsillo por razones obvias es una impresora, así que el problema se convirtió en cómo llevar los archivos de la base de datos a una impresora del Juzgado. Y ahí, nos topamos con la Iglesia, como vulgarmente se dice.

Tengo que reconocer que el personal de la oficina judicial se portó espléndidamente. Ayudaron todo lo que pudieron y lo mejor que supieron, sin poner ni una pega. Lamentablemente, no puedo decir lo mismo ni de sus máquinas ni de su software. En un Juzgado nadie ha oído hablar jamás de una impresora wifi, y todavía menos de la tecnología NFC que permite imprimir directamente desde un teléfono móvil. La posibilidad de imprimir los documentos de forma directa estaba descartada. Había que enviar los archivos previamente a un ordenador del Juzgado, y ello no podía hacerse vía Bluetooth (no tienen) ni enchufando el móvil a un puerto USB (no les está permitido por miedo a los virus). Solo quedaba el más primitivo de los sistemas: el correo electrónico.

La App que tengo en el teléfono hace muy fácil el envío, pero para evitar que tengas que transmitir un volumen muy grande de datos vía 3G, lo que envía es un enlace para que el documento pueda descargarse en el ordenador de destino. Ahora bien, ello siempre y cuando el ordenador de destino pertenezca a una persona normal. No vale si el ordenador pertenece a la Junta de Andalucía porque, aunque tengan conexión a internet, no tienen acceso a la web ni pueden descargar archivos. Supongo que será para que los funcionarios no pierdan el tiempo leyendo el Marca o viendo porno, aunque no sé si saben que la web sirve para otras muchas cosas, algunas incluso útiles.

No quedaba más que el sistema más tosco. Descargarme yo mismo los archivos en el teléfono y enviarlos por correo como adjuntos. Tenía que ser en formato PDF. Sus procesadores de textos no reconocen ni Word ni Open Office. Tienen un formato propio y misterioso. Para colmo de males, la oficina estaba en un semisótano con mala cobertura, por lo que la transmisión no era precisamente fluida.

En fin. Los archivos llegaron y se imprimieron. Tiempo total empleado, unos veinte minutos. Más de los cinco a los que yo me había comprometido, pero la juez lo vio razonable. Terminamos la vista con toda la documentación en regla, toda suerte de recursos presentados por el compañero y debidamente desestimados, y a la espera de juicio.

Yo personalmente estoy muy orgulloso de cómo la forma en que nos organizamos en mi despacho permitió resolver un problema imprevisto en un tiempo razonable, pero me queda un sabor agridulce cuando pienso la espectacular mejora que se podría conseguir con una pequeña inversión. Si a nosotros estar a la última no nos sale tan caro, y en realidad ahorramos mucho tiempo y dinero, ¿Por qué la Administración de Justicia no puede estar a la altura?

¿Qué pensáis? Agradezco comentarios.

Hasta la próxima.

Jose Ignacio

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